martes, mayo 06, 2008

Ediciones el Billar de Lucrecia
Sergio Loo

Con poeta latinoamericano por cada bola de billar, un color para cada número, una nación por cada libro, el proyecto de Ediciones El Billar de Lucrecia va en su quinto título (con el apoyo económico del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes). Quizás es tiempo de hacer un repaso.

Bola uno, amarilla: Hatuchay, de Washington Cucurto. Cumbiancheros y barriobajeros, estos cantares a la calle Once tienen como mayor arma la provocación. A lo largo del libro se va trazando el bosquejo de la calle con su dinámica de pobreza, sus personajes, sus postres de Ricky Martin desprendiéndose y volando al olvido. Lleno de sentencias como “los diarios son hijos de la Irrealidad”, “vivir es una buena razón para ser asesinado” y “Aquel que conoce el Once conoce el paraíso” u otras más atrevidas como “todo es clandestino, nada es de la marca/ que figura. La gran clandestinidad es el helado” que difícilmente se sostienen, si es que lo logran, porque hay a lo largo del poemario un afán de volver todo inmoral, tanto que a ratos suena fortuito o desproporcionado “¿Por qué no dice el Evangelio que los puestos peruanos son todo nuestro sustento?”. Como ya se dijo, es un libro de provocación.

Bola dos, azul: Multicancha, de Germàn Carrasco. Coloquial, dueño de un ritmo que a la fecha pocos sostienen, pero sobre todo, desenfadado. Libre de aires de grandeza y tonos autoritarios, el autor juega y puebla su trabajo de referentes haciendo su trabajo todavía más dinámico. Curiosamente, aunque en varias ocasiones reniega de la metonimia para darle su justo valor a cada cosa “Una ciudad es toda una ciudad (más claro ponerle lejía) pero hay que insistir: no se puede hacer una metonimia de toda la comarca con un solo barrio.” usa la imagen de la multicancha tomada por unos cuantos para cuestionar esa insistencia de poseer, prohibir e imponer “¿por qué la afición por los superhéroes y el espacio y la palabra metafísica, los elefantes blancos, las voces únicas anunciadas con fanfarria, las naves y conquistas?, ¿por qué y para qué siquiera la idea de capitanes y capitanías?”. El poemario Multicancha, más que contestatario o de protesta, es una obra que se sabe libérrima.

Bola tres, roja: Los amores del mal, de Damaris Calderón. Un paréntesis aquí para reconocerle a la editorial el riesgo de publicar poesía, primeramente; a autores contemporáneos que no forzosamente tengan reconocimientos y laureles colgados por todos partes y, en este su tercer libro, apostar por lo que pocos en este país, por un poemario erótico y lèsbico (Aparte de los pocos de Nancy Cárdenas, Reyna Barrera, Silvia Tomasa Rivera y Gabriela Puente ¿cuántos títulos abiertamente lèsbicos han circulado de manera pública?). Los de Amores del Mal son poemas de celebración entre mujeres de alguna forma malditas (la referencia clara a Baudelaire no es en vano), de mujeres casi eternas como la caída que provoca el goce. Tiernas y sucias. Con ritmo pausado e imágenes bucólicas Damaris Calderón escapa de su contexto y rescribe la historia desde sus mitos “Leda y la cisne./ Y el cielo se deshacía en plumas,/ por más que lo apuntalaran los poetas.”

Bola cuatro, morada: Zimbabwe, de Eduardo Padilla. Son varios los ritmos que componen este libro. Varios de ellos provienen, junto con sus neologismos y referentes, de campos tan disparados como a) la historia antigua b) un cuestionario del CENEVAL c) la televisión d) todas las anteriores sin se pierda el hilo conductor, que en todo caso es la lúdica (o algo así) “A la aeromoza la amarraron a una silla. / A la silla la pusieron/ más o menos cuidadosamente/ sobre una de las sepas/ en la hélice de un helicóptero./ Al helicóptero lo colocaron/ igual que a Jesús:/ más o menos milagrosamente/ sobre las aguas de un viejo mar.”

Bola Cinco, Bala perdida, de Montserrat Álvarez. Un libro donde la actitud lo es casi todo. La apuesta es por un lenguaje llano, casi limpio de metáforas, un lenguaje coloquial y una estructura de encabalgamientos que aceleran el discurso y, por tanto, la intensidad de la, de por sí, poco mesurada intención “porque ellos saben/ que el mar es peligroso y la alegría que hay un peligro/ y un júbilo muy bárbaro/ y de pésimo gusto puesto que/ un tanto caótico y desesperado/ y triste Dios y en el poema que en Dios y en el poema está el peligro Porque ellos/ saben de lo profundo/ del océano/ que ciega”. Luigi Amara, en contraportada anota “de un ritmo portentoso y una musicalidad antigua, que recuerda la época de las sagas pero con disonancias punk”. Sí, tanto por actitud como por el ritmo, y Colombina Parra, vocalista y primera guitarra de Ex, una banda chilena de la que no he vuelto a saber (¿alguien sabe de ellos?) sea el referente más cercano.

Estos son los primeros cinco títulos. Personalmente creo que vale la pena seguir esta colección.

jueves, abril 24, 2008

URIBE, Sara. Palabras más palabras menos. XVIII Ayuntamiento de Tijuana. Instituto de Arte y Cultura. Colección Los lauríferos. Tijuana, 2006. 75 pp.

Sergio Loo

Este tercer poemario de Sara Uribe, ganador del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2005, explora las discordancias entre el significado y el objeto, entre la palabra y el mensaje, entre el receptor y la existencia de éste. Más que una reflexión, a lo largo de los capítulos del libro (hemos dicho palabras, tal vez las palabras, una palabra lejana y palabra por palabra), se desdobla obsesivamente la duda de la capacidad del lenguaje en ser portavoz de lo que el emisor pretende “hace ya tanto tiempo que fuimos parias que alargamos la mano pidiendo palabras y sólo silencio recibimos hace ya tantas muertes (…)”

Su prosa poética, premeditadamente negada de puntuación, es un discurrir de ideas unidas sintácticamente “(…) otra voz otro cuerpo otra manera de morir al respirar de beber el tiempo que se marcha en su clepsidra hueca y nos abona otra sombra otro duelo otra manera de girar (…)”. Esto, junto con la constancia de imágenes como la del errante, el paria, la arena, el viento que se enreda por el árbol hasta perder su cauce; hacen que los textos logren una conjunción orgánica, homogénea y curiosa, porque los riesgos de la estructura se equilibran con imágenes y símbolos ya recurridos como el espejo, la fotografía, el gato, el jardín el invierno, el hotel o el mar, para dar algunos ejemplos. Podría pensarse que cualquiera de esos elementos, a estas alturas, irreparablemente darán como resultado un lugar común, sin embargo Sara Uribe logra, a través de un buen reciclaje, una propuesta propia.

Es notorio el trabajo que hubo previo a la escritura, su plantación se va revelando conforme la lectura. Por ejemplo, aunque la palabra misma es el centro del poemario, la imagen central, la que podría ejemplificarlo, es la del viento enredado entre las bifurcadas ramas de un árbol. Y cabe mencionar, puesto que es parte del tema del lenguaje, que pese a estar divididos en cuatro partes, los poemas están ordenados alfabéticamente. Y el primero, claro, atiende al árbol.

miércoles, abril 09, 2008

Yo sè yo sè que para ser buen narrador tengo que trabajar màs mis poemas. lo sè. y por eso estoy buscando clases de pintura.